domingo, 4 de abril de 2010

Rutinas..



Llega la hora acostumbrada. Deja los zapatos en la sala. Se quita la ropa. Se queda en calzones. Agarra el espejo de sobre la mesa. Se observa. Le gusta todo de sí, sus pómulos, labios, la cara afilada, los ojos tan grises.

Ama sus pestañas. Tan largas, febriles, cual patitas flacas. Se abren y separan, abanican su cara, le dan ese 'no sé qué, que qué se yo' que lo hacen radiar. Pero llega el momento. Ese momento al que le teme a diario. Hay que retirarlas.
Es un verdadero suplicio para su bella cara; se siente desnuda, minimizada, casi fea. Son especiales, y caras; procura cuidarlas como si fuesen seres aparte, prestados a su rostro, para embellecerlo por el día.

Agarra un cofrecito que pone junto al espejo de la mesa. Lo abre con parsimoniosa elegancia, y rescata de su interior unas pincitas plateadas, muy livianas y brillantes. Las acerca de apoco. Y con sumo cuidado, abriendo la boca y entrecerrando el ojo que guía tal acto, busca la precisión, el equilibrio.
Acerca un poco más las pincillas, y roza primero algunas de sus bellas pestañas de pelo de inglesa fina del siglo XVIII (entiéndase pues la neurosis de su cuidado) como tanteando el terreno antes de atacar.
Siente el dolorcillo ardoroso previo de arrancarlas. El pegamento y el calor las han hecho casi permanentes, como si al nacer, hubiera sido bendecido con pestañas de becerro. Pero ¡¡no!! Qué doloroso el retirarlas. Ahí viene, respira hondo, vuelve al equilibrio y entonces, jala. El dolorcillo se ha hecho presente.
No hay problema. Limpiará la lagrimilla escurridiza y cobardona mas tarde. 'Al mal paso darle prisa' dicen por ahí, y se apropia de la frase.
Va con el siguiente ojo. Repite la faena; desde respirar bien hondo, crear equilibrio, el sentir anticipado del ardor, y entonces jala. Se ha quedado a ojo pelón.

Ahora a concentrarse. Ya está en casa. A salvo. Camina chulamente a la cocina, remueve zapatos y se pone las 'shanclitas' que se encuentra en el camino.

Prepara un té de tila; aprecia el aroma cual conocedor añejo. Se chupa los dientes. Los prepara al sabor. Le da un sorbidito. Ya siente el calor interior.

La noche ya empieza. Comienza a alistarse. Remueve calzones. Se encierra en el baño. Agarra las llaves, tan frías para sus tiernas manos. Y mete un pie. Lo deja un momento al azote del rocío tibio de la regadera.
Ya acostumbrada la piel, se mete completo, empieza la ducha y el enjabonamiento, la hora de admirar el cuerpo musculoso y lleno de gracia que sacrificado carga.
Se lava, se limpia, termina, se seca, se sale.


Ahora lo de siempre.
Arroparse.

Meterse en la cama; la desnudez, la expectación, el roce de la tela fría y aromática. Después poner la música, tararearla con cierto aire. Toma el teléfono. Respira. El ansia no debe sobrellevarle. Se sonríe coquetamente, se muerde los labios mientras espera el tono del número marcado.
Y una vez más, como cada noche. Le contesta su amante. Y por fin puede decirle ‘te quiero’, a un tal Dante.

2 comentarios:

  1. Wow.

    Me ha gustado muchísimo este escrito. Tiene la dosis justa de adornos, se lee con facilidad y sin embargo resulta bastante ensoñador. Me gustó mucho :)

    Pasaré más seguido por aquí, me gusta cómo escribes.

    Un saludo :)

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  2. Al final de la rutina, me gusta eso del te quiero.
    Lo de las pestañas me gusta, nunca había pensado tanto en ellas.
    Saludos!

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